Fotografía: PNUD Guatemala/Fernanda Zelada

La Declaración universal de la UNESCO sobre la diversidad cultural reafirma que la cultura debe ser considerada como el conjunto de los rasgos distintivos espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o a un grupo social y que abarca, además de las artes y las letras, los modos de vida, las maneras de vivir juntos, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias.

Guatemala es un país que en un territorio relativamente pequeño (108,888km2) alberga una inmensa riqueza cultural. Cuatro pueblos y 24 grupos étnicos son evidencia viva de la diversidad cultural del país y se convierten en uno de sus rasgos más notables. Con múltiples idiomas, costumbres, expresiones religiosas, coloridos textiles y, sobre todo, cosmovisiones y contextos sociales culturalmente diferenciados. Y cómo no mencionar los intensos y deliciosos sabores que caracterizan los platillos típicos de cada territorio.

Las diversas expresiones socioculturales del país son evidencia de diferentes formas de concebir el mundo, de interactuar con los recursos naturales, de participar y tomar decisiones, y, por qué no decirlo, de percepciones sobre el desarrollo. Rasgos que convierten a Guatemala en un país envidiable en términos de riqueza cultural y social.

Sin embargo, como consecuencia de una herencia caracterizada por extendidos períodos de violencia, autoritarismo y exclusión, el país ha tenido dificultades históricas para construir un sistema democrático verdaderamente inclusivo que garantice el ejercicio de los derechos humanos y la igualdad para toda la ciudadanía.

Esta situación es todavía más acentuada en los pueblos indígenas. Los altos índices de pobreza, acceso a servicios básicos, desempleo y vivienda digna que evidencia esta población son prueba de ello. Por no mencionar las enormes dificultades que encuentran los pueblos indígenas para ejercer sus derechos a la participación política y al autogobierno.

Los procesos de diálogo nacional como la Constitución Política de la República de 1985 y los Acuerdos de Paz de 1996 entre otros, son ejemplos de la capacidad que tiene el país de construcción de acuerdos. Sin embargo, mientras el país no supere las causas estructurales que generan la conflictividad social, el contenido y la intención de ambos instrumentos no se habrá logrado.

El país continúa actualmente enfrentándose al desafío de la superación de la desigualdad para la construcción del desarrollo. Debemos aprovechar la multiculturalidad y las diferentes formas de pensamiento para construir un país verdaderamente inclusivo y participativo. Para lograrlo debemos dar pasos pequeños pero seguros. Para ello consideramos esencial poder construir nuevos modelos y espacios de participación que complementen, amplíen y fortalezcan el sistema democrático.

Estos modelos y espacios deben estar guiados por la inclusión, el respeto a la diversidad y la interculturalidad, la humanidad, la apropiación colectiva y una actitud de aprendizaje y escucha del otro. Les invitamos a soñar nuevas realidades democráticas donde nos encontremos y dialoguemos todos los actores sociales, políticos y económicos en aras de construir visiones conjuntas de desarrollo que permitan avanzar hacia el abordaje de los problemas estructurales del país y finalmente hacia una democracia inclusiva y participativa.

Escrito por José Villagran, Consultor de Fortalecimiento Institucional para el Diálogo y la Construcción de Paz; e Inaki de Francisco, Especialista de Programa en Construcción de Paz e Integración de los ODS.

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