La pobreza es una responsabilidad moral de nuestro tiempo.

        Por primera vez en dos décadas, la pobreza extrema está aumentando.

        El año pasado, alrededor de 120 millones de personas cayeron en la pobreza cuando la pandemia de COVID-19 causó estragos en las economías y las sociedades.

        La asimetría en la recuperación está profundizando aún más las desigualdades entre el Norte y el Sur. La solidaridad brilla por su ausencia, justo cuando más la necesitamos.

        Por ejemplo, la desigualdad en el acceso a las vacunas está permitiendo que las variantes del virus se desarrollen y se propaguen de manera descontrolada, condenando al mundo a millones de muertes más y prolongando una desaceleración económica que podría costar billones de dólares. Debemos poner fin a este ultraje, hacer frente al endeudamiento excesivo y garantizar la inversión para la recuperación en los países que más lo necesitan.

        En este Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, nos comprometemos a “construir un futuro mejor”, lo cual exige un enfoque triple para la recuperación global:

        En primer lugar, la recuperación debe ser transformadora, porque no podemos volver a las desventajas y desigualdades estructurales y endémicas que perpetuaban la pobreza incluso antes de la pandemia. Necesitamos una voluntad política y unas alianzas más sólidas para instaurar una protección social universal de aquí a 2030 e invertir en la reconversión laboral a favor de la pujante economía verde. Y debemos invertir en puestos de trabajo de calidad en la economía del cuidado, lo que favorecerá una mayor igualdad y garantizará que todas las personas reciban la atención digna que merecen.

        En segundo lugar, la recuperación debe ser inclusiva, porque una recuperación desigual deja atrás a gran parte de la humanidad, aumenta la vulnerabilidad de grupos ya marginados y aleja aún más la posibilidad de alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

        El número de mujeres en situación de pobreza extrema supera con creces al de hombres. Incluso antes de la pandemia, los 22 hombres más ricos del mundo acumulaban más riqueza que todas las mujeres de África, y esa diferencia no ha hecho sino aumentar. No podemos recuperarnos utilizando solo la mitad de nuestro potencial. Las inversiones económicas deben dirigirse a las mujeres empresarias, favorecer una mayor formalización del sector informal, centrarse en la educación, la protección social, el cuidado universal de los niños y las niñas, la atención sanitaria y el trabajo decente, así como subsanar la brecha digital, teniendo en cuenta su profunda dimensión de género.

        En tercer lugar, la recuperación debe ser sostenible, porque tenemos que construir un mundo resiliente, sin carbono y con cero emisiones netas.

        En este contexto, debemos escuchar mucho más las opiniones y orientaciones de las personas que viven en la pobreza, combatir las indignidades y derribar las barreras a la inclusión en todas las sociedades.

        En este día y todos los días, unamos nuestras fuerzas para acabar con la pobreza y crear un mundo de justicia, dignidad y oportunidades para todas las personas.

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